La capacidad de transformación y mejora de la
educación por medio de las TIC se puede determinar según los contextos
de uso y la finalidad que se persigue con la incorporación de estas
tecnologías.
César Coll. Doctor en Psicología y
catedrático de Psicología Evolutiva y Educativa en la Universitat de
Barcelona. Coordinador General del Programa de Doctorado
Interuniversitario en Psicología de la Educación. Este artículo está
incluido en: R. Carneiro, J. C. Toscano y T. Díaz (compiladores), Los desafíos de las TIC para el cambio educativo, Madrid, 2009, OEI-Santillana, Fundación Santillana, pp. 113-126.
El objetivo de este trabajo es analizar el impacto de las TIC
en la educación escolar a partir de una revisión de los estudios sobre
la incorporación de estas tecnologías (ordenadores, dispositivos y redes
digitales) a la educación y de sus efectos sobre los procesos de
enseñanza y aprendizaje. El énfasis recae en el desfase existente entre,
por una parte, las elevadas expectativas de cambio y mejora de la
educación escolar generadas por estas tecnologías, y por otra, los
limitados avances conseguidos hasta el momento. Nuestro argumento
principal, sin embargo, es que este desfase no debe llevarnos a rebajar
las expectativas depositadas en la capacidad de las TIC para transformar
la enseñanza y mejorar el aprendizaje. Al contrario: las expectativas
están, a nuestro juicio, plenamente justificadas. Lo que sucede es que
la capacidad de las TIC de transformación y mejora de la educación debe
entenderse más bien como un potencial que puede o no hacerse realidad, y
hacerse en mayor o menor medida en función del contexto en el que estas
tecnologías son efectivamente utilizadas. Son pues los contextos de uso
–y en el marco de estos contextos la finalidad que se persigue con la
incorporación de las TIC– los que determinan su capacidad para
transformar la enseñanza y mejorar el aprendizaje.
Con el fin de argumentar y desarrollar este planteamiento,
hemos organizado el capítulo en cuatro apartados. En el primero se
revisan algunas afirmaciones habituales relativas al impacto de las TIC
sobre la educación formal y escolar. Son afirmaciones que se sitúan a
medio camino entre la descripción de procesos de cambio (supuestos o
reales), la manifestación de expectativas y la formulación de
predicciones. En el segundo, tomando como referencia los resultados de
algunos estudios recientes de seguimiento y evaluación de la
incorporación y el uso de las TIC en la educación primaria y secundaria
en diferentes países, se aportan algunos datos que ponen de manifiesto
un claro desfase entre expectativas y realidad. En el tercero,
apoyándonos en la idea vygotskiana de las TIC como instrumentos
psicológicos, se argumenta por qué este desfase no debe llevarnos a
rebajar las expectativas puestas en la capacidad de estas tecnologías
para transformar la enseñanza y mejorar el aprendizaje. Partiendo de
estos argumentos, se propone además un esquema para la identificación y
análisis de los usos educativos de las TIC que puede ayudar a valorar y
ponderar su potencial transformador. Finalmente, en el cuarto apartado
se propone ampliar el foco de análisis situando el tema abordado en el
marco de una reflexión más amplia sobre el alcance y la finalidad de la
incorporación de las estas tecnologías a la educación escolar y su
presencia e impacto en el currículo.
El impacto de las TIC en la educación: discursos y expectativas
El primer y principal argumento sobre el impacto esperado de
la incorporación de las TIC a la educación tiene que ver con el papel de
estas tecnologías en la llamada sociedad de la información (SI). Nos
estamos refiriendo al argumento según el cual en el nuevo escenario
social, económico, político y cultural de la SI –facilitado, en buena
medida, por las TIC y otros desarrollos tecnológicos que han venido
produciéndose desde la segunda mitad del siglo XX– el conocimiento se ha
convertido en la
mercancía más valiosa de todas, y la educación y la formación en las vías para
producirla y
adquirirla.
En este escenario la educación ya no es vista únicamente como
un instrumento para promover el desarrollo, la socialización y la
enculturación de las personas, como un instrumento de construcción de la
identidad nacional o como un medio de construcción de la ciudadanía. En
este escenario la educación adquiere una nueva dimensión: se convierte
en el motor fundamental del desarrollo económico y social.
Tradicionalmente, la educación ha sido considerada una prioridad de las
políticas culturales, de bienestar social y de equidad. En la SI la
educación y la formación se convierten además en una prioridad
estratégica para las políticas de desarrollo, con todo lo que ello
comporta.
Pero lo que nos interesa subrayar ahora es que la centralidad
creciente de la educación y la formación en la SI ha estado acompañada
de un protagonismo igualmente creciente de las TIC en los procesos
educativos y formativos. El objetivo de construir una economía basada en
el conocimiento comporta la puesta en relieve del aprendizaje, tanto en
el plano individual como social, y en este marco las TIC se presentan
como instrumentos poderosos para promover el aprendizaje, tanto desde un
punto de vista cuantitativo como cualitativo. Por una parte, estas
tecnologías hacen posible, mediante la supresión de las barreras
espaciales y temporales, que más personas puedan acceder a la formación y
la educación. Por otra parte, gracias a las tecnologías multimedia e
internet, se dispone de nuevos recursos y posibilidades educativas.
Pero, además, la utilización combinada de las tecnologías
multimedia e internet hace posible el aprendizaje en prácticamente
cualquier escenario (la escuela, la universidad, el hogar, el lugar de
trabajo, los espacios de ocio, etc.). Y esta ubicuidad aparentemente sin
límites de las TIC (Weiser, 1991), junto con otros factores como la
importancia del aprendizaje a lo largo de la vida o la aparición de
nuevas necesidades formativas, está en la base tanto de la aparición de
nuevos escenarios educativos como de los profundos procesos de
transformación que, a juicio de muchos analistas de la SI, han empezado a
experimentar y continuarán experimentando en los próximos años los
espacios educativos tradicionales (ver, por ejemplo, Feito, 2001;
Luisoni, Instance y Hutmacher, 2004; Tedesco, 2001).
Centrándonos en el primero de estos aspectos, el de la
transformación de los escenarios educativos tradicionales, la
incorporación de las TIC a la educación formal y escolar es a menudo
justificada, reclamada o promovida, según los casos, con el argumento de
su potencial contribución a la mejora del aprendizaje y de la calidad
de la enseñanza. Sin embargo, este argumento no ha encontrado hasta
ahora un apoyo empírico suficiente. Aunque las razones de este hecho son
probablemente muchas y diversas, lo cierto es que resulta
extremadamente difícil establecer relaciones causales fiables e
interpretables entre la utilización de las TIC y la mejora del
aprendizaje de los alumnos en contextos complejos, como son sin duda los
de la educación formal y escolar, en los que intervienen
simultáneamente otros muchos factores. De este modo, los argumentos en
favor de la incorporación de las TIC a la educación formal y escolar
devienen en realidad a menudo un axioma que, o bien no se discute, o
bien encuentra su justificación última en las facilidades que ofrecen
para implementar unas metodologías de enseñanza o unos planteamientos
pedagógicos previamente establecidos y definidos en sus lineamientos
esenciales. Sucedió así, primero, con los ordenadores, después con las
tecnologías multimedia e internet, y ahora con el software social y las
herramientas y aplicaciones de la llamada Web 2.0 (ver, por ejemplo,
Cobo y Pardo, 2007).
La dificultad de establecer relaciones causales más o menos
directas entre la utilización de las TIC y la mejora del aprendizaje ha
llevado a algunos autores (ver, por ejemplo,
Cognition and Technology Group at Vanderbilt,
1996; Jonassen et al., 2003; Twining, 2002) a desplazar el foco de
atención hacia el estudio de cómo la incorporación de las TIC a los
procesos formales y escolares de enseñanza y aprendizaje pueden
modificar, y modifican de hecho en ocasiones, las
prácticas educativas.
El razonamiento que subyace a este cambio de perspectiva es que no
tiene mucho sentido intentar establecer una relación directa entre la
incorporación de las TIC y los procesos y resultados del aprendizaje, ya
que esta relación estará siempre modulada por el amplio y complejo
abanico de factores que conforman las prácticas educativas. Lo que hay
que hacer, se propone, es más bien indagar cómo, hasta qué punto y bajo
qué circunstancias y condiciones las TIC pueden llegar a modificar las
prácticas educativas a las que se incorporan.
Las implicaciones de este cambio de perspectiva son claras. Por una parte, el interés se desplaza desde el análisis de las
potencialidades de las TIC para la enseñanza y el aprendizaje hacia el estudio empírico de los
usos efectivos
que profesores y alumnos hacen de estas tecnologías en el transcurso de
las actividades de enseñanza y aprendizaje; y por otra, se vinculan las
posibles mejoras del aprendizaje de los alumnos a su participación e
implicación en estas actividades, en las que la utilización de las TIC
es un aspecto importante, pero solo uno, entre los muchos aspectos
relevantes implicados. En síntesis, de acuerdo con este planteamiento no
es en las TIC ni en sus características propias y específicas, sino en
las actividades que llevan a cabo profesores y estudiantes gracias a las
posibilidades de comunicación, intercambio, acceso y procesamiento de
la información que les ofrecen las TIC, donde hay que buscar las claves
para comprender y valorar su impacto sobre la enseñanza y el
aprendizaje.
Sobre los usos de las TIC en los centros educativos y en las aulas
Los estudios realizados hasta el momento sobre la
incorporación de las TIC a la educación escolar y los usos que el
profesorado y el alumnado hacen de estas tecnologías muestran con
claridad que, en general, las expectativas y los discursos que acabamos
de comentar están sensiblemente alejados de lo que ocurre en los centros
educativos y en las aulas. Por un lado, los estudios comparativos
internacionales y regionales (ver, por ejemplo, Balanskat, Blamire y
Kefala, 2006; Benavides y Pedró, 2007; Kozma, 2003, 2005;
Ramboll Management,
2006) indican que hay enormes diferencias entre países en lo que
concierne a la incorporación de las TIC a la educación y a la conexión
de los centros educativos a internet. Así, mientras que en algunos
países la mayoría o incluso la práctica totalidad de los centros
educativos cuentan con un alto nivel de equipamiento y disponen de
conexión de banda ancha a internet, en otros –entre los que se
encuentran no pocos países iberoamericanos– siguen existiendo carencias
enormes en ambos aspectos. Estas diferencias, además, no se dan solo
entre países o entre regiones, sino que a menudo se detectan también
dentro de una misma región o incluso de un mismo país. La incorporación
de las TIC a la educación está pues lejos de presentar un panorama tan
homogéneo como se supone en ocasiones, y sus efectos benéficos sobre la
educación y la enseñanza distan de estar tan generalizados como se da a
entender algunas veces, entre otras razones porque en la mayoría de los
escenarios de educación formal y escolar las posibilidades de acceso y
uso de estas tecnologías son todavía limitadas o incluso inexistentes.
Las palabras de Benavides y Pedró, extraídas de su reciente trabajo
sobre el estado de la cuestión en los países iberoamericanos (op. cit.,
p. 65), son ilustrativas a este respecto:
Los niveles de uso de las TIC en el entorno escolar son
extremadamente bajos, hasta el punto de que no pueden equipararse a los
que los propios alumnos desarrollan fuera del entorno escolar, por lo
menos en los países de la OCDE, y probablemente en un número creciente
de Estados latinoamericanos. Las cifras disponibles arrojan un balance
pobre y muy alejado de las expectativas iniciales. Es posible que tanto
las ratios de alumnos por ordenador como las condiciones de los
equipamientos, como la inevitable obsolescencia de una parte del parque
instalado, sean razones de peso, pero probablemente no las únicas.
Pero, por otro lado, y lo que es quizás aún más importante desde
la perspectiva de este capítulo, todos los estudios, tanto los de
ámbito internacional y regional como los de ámbito nacional (ver, por
ejemplo, el –trabajo del Instituto de Evaluación y Asesoramiento
Educativo –2007, con datos sobre la situación en España; el de Sigalés,
Mominó y Meneses –2007–, referido a Catalunya; el de Conlon y Simpson
–2003–, referido a Escocia; el de Gibson y Oberg –2004–, sobre la
situación en Canadá; o aun los de Cuban –1993, 2001, 2003–sobre la
situación en Estados Unidos), coinciden en destacar dos hechos que, con
mayor o menor intensidad según los casos, aparecen de forma extendida.
El primero tiene que ver con el uso más bien restringido que profesores y
alumnos hacen habitualmente de las TIC que tienen a su disposición. Y
el segundo, con la limitada capacidad que parecen tener estas
tecnologías para impulsar y promover procesos de innovación y mejora de
las prácticas educativas.
Todo parece indicar, por lo tanto, que el desfase constatado
entre expectativas y realidades no puede atribuirse únicamente a
problemas de acceso. Ciertamente, el acceso del profesorado y del
alumnado a las TIC es una condición necesaria que está aún lejos de
cumplirse en muchos países, muchas escuelas y muchas aulas, por lo que
es imprescindible seguir haciendo esfuerzos en este sentido; sin
embargo, los estudios revisados indican también que en ningún caso puede
considerarse una condición suficiente. Incluso cuando se dispone de un
equipamiento y una infraestructura que garantiza el acceso a las TIC,
profesores y alumnos hacen a menudo un uso limitado y poco innovador de
estas tecnologías. Las siguientes afirmaciones de Cuban, referidas a los
Estados Unidos, pero que podrían aplicarse con más o menos matices
según los casos a países y centros educativos en los que el acceso del
profesorado y del alumnado a las TIC está garantizado en términos
generales, no dejan lugar a la ambigüedad:
Los hechos son claros. Tras dos décadas de introducción
de los ordenadores personales en la nación, con cada vez más y más
escuelas conectadas, y billones de dólares invertidos, algo menos de dos
de cada diez profesores utilizan habitualmente (varias veces por
semana) los ordenadores en sus aulas. Tres o cuatro son usuarios
ocasionales (los utilizan una vez al mes). Y el resto –cuatro o cinco de
cada diez– no los utilizan nunca para enseñar. Cuando se analiza el
tipo de uso, resulta que estas potentes tecnologías acaban siendo
frecuentemente utilizadas como procesadores de textos y como
aplicaciones de bajo nivel que refuerzan las prácticas educativas
existentes en lugar de transformarlas. Después de tantos aparatos,
dinero y promesas, los resultados son escasos. (Cuban, 2003, pp. 1/6.)
Ante esta constatación, los trabajos sobre los usos de las TIC
se han ido orientando progresivamente en el transcurso de estos últimos
años hacia el estudio de cómo los actores del acto educativo –en
especial, el profesorado y el alumnado– se apropian de las TIC y las
integran en las actividades de enseñanza y aprendizaje, de las
condiciones que hacen posible la puesta en marcha de procesos de
innovación con TIC en las aulas y de los factores que inciden sobre el
mayor o menor grado de éxito de estos procesos (ver, por ejemplo, Area,
2005; Cuban, 2001; Hernández-Ramos, 2005; Sigalés, 2008; Sung y Lesgold,
2007; Tearle, 2004; Wasserman y Milgram, 2005; Zhao et al., 2002; Zhao y
Frank, 2003). Así, por ejemplo, en lo que concierne a la frecuencia de
uso de las TIC en las aulas, la mayoría de los estudios coinciden en
destacar la importancia de factores como el nivel de dominio que los
profesores tienen –o se atribuyen– de las TIC, la formación técnica y
sobre todo pedagógica que han recibido al respecto y sus ideas y
concepciones previas sobre la utilidad educativa de estas tecnologías.
En cambio, en lo que concierne a los tipos de usos, como destaca Sigalés
(2008) en un trabajo reciente sobre el tema, tanto la revisión de los
estudios realizados hasta el momento como el análisis de sus propios
resultados apuntan más bien hacia la importancia de los planteamientos
pedagógicos que tienen –o se atribuyen– los profesores. En otras
palabras, los profesores tienden a hacer usos de las TIC que son
coherentes con sus pensamientos pedagógicos y su visión de los procesos
de enseñanza y aprendizaje. Así, los profesores con una visión más
transmisiva o tradicional de la enseñanza y del aprendizaje tienden a
utilizar las TIC para reforzar sus estrategias de presentación y
transmisión de los contenidos, mientras que los que tienen una visión
más activa o "constructivista" tienden a utilizarlas para promover las
actividades de exploración o indagación de los alumnos, el trabajo
autónomo y el trabajo colaborativo.
Sería sin embargo un error –a nuestro juicio– concluir, a
partir de aquí, una especie de determinismo pedagógico o didáctico en el
sentido de que el potencial de las TIC para transformar, innovar y
mejorar las prácticas educativas depende directamente del enfoque o
planteamiento pedagógico en el que se inserta su utilización. Las
relaciones entre tecnología, por un lado, y pedagogía y didáctica, por
otro, son mucho más complejas de lo que hemos supuesto tradicionalmente y
se compadecen mal tanto con el reduccionismo tecnológico como con el
pedagógico. Ciertamente, los resultados de los estudios indican que ni
la incorporación ni el uso en sí de las TIC comportan de forma
automática la transformación, innovación y mejora de las prácticas
educativas; no obstante, las TIC, y en especial algunas aplicaciones y
conjuntos de aplicaciones TIC, tienen una serie de
características específicas
que abren nuevos horizontes y posibilidades a los procesos de enseñanza
y aprendizaje y son susceptibles de generar, cuando se explotan
adecuadamente, es decir, cuando se utilizan en determinados
contextos de uso, dinámicas de innovación y mejora imposibles o muy difíciles de conseguir en su ausencia.
Conviene pues que nos detengamos brevemente en estas
características específicas de las TIC que justifican, a nuestro juicio,
que sigamos manteniendo unas expectativas elevadas sobre su potencial
para la enseñanza y el aprendizaje. A ello, y a presentar y comentar un
esquema conceptual susceptible de ayudarnos a analizar y comprender
mejor los contextos y los tipos de usos de las TIC y su mayor o menor
impacto sobre la enseñanza y el aprendizaje escolar, dedicaremos el
siguiente apartado.
El potencial de las TIC para la enseñanza y el aprendizaje
Las TIC como instrumentos psicológicos
El argumento fundamental para seguir manteniendo un elevado
nivel de expectativas en el potencial educativo de las TIC pese a lo
limitado de los efectos que han podido documentarse hasta el momento es,
a nuestro entender, su toma en consideración como herramientas para
pensar, sentir y actuar solos y con otros, es decir, como instrumentos
psicológicos en el sentido vygotskiano de la expresión (Kozulin, 2000).
Este argumento se apoya en la naturaleza simbólica de las tecnologías de
la información y la comunicación en general, y de las tecnologías
digitales en particular, y en las posibilidades inéditas que ofrecen
para buscar información y acceder a ella, representarla, procesarla,
transmitirla y compartirla.
En realidad, la novedad de las "nuevas" TIC o TIC digitales
no reside en su naturaleza de tecnologías "para" la información y la
comunicación. Los seres humanos hemos utilizado siempre tecnologías
diversas para transmitir información, comunicarnos y expresar nuestras
ideas, sentimientos, emociones y deseos, desde las señales o símbolos
tallados en la piedra o en la corteza de un árbol y las señales de humo,
hasta el telégrafo, el teléfono, la radio o la televisión, pasando por
los gestos y los movimientos corporales, el lenguaje de signos, el
lenguaje oral, la lengua escrita o la imprenta. La novedad tampoco
reside en la introducción de un nuevo sistema simbólico para manejar la
información. Los recursos semióticos que encontramos en las pantallas de
los ordenadores son básicamente los mismos que podemos encontrar en un
aula convencional: letras y textos escritos, imágenes fijas o en
movimiento, lenguaje oral, sonidos, datos numéricos, gráficos, etc. La
novedad, en definitiva, reside más bien en el hecho de que las TIC
digitales permiten crear entornos que integran los sistemas semióticos
conocidos y amplían hasta límites insospechados la capacidad humana para
(re)presentar, procesar, transmitir y compartir grandes cantidades de
información con cada vez menos limitaciones de espacio y de tiempo, de
forma casi instantánea y con un coste económico cada vez menor (Coll y
Martí, 2001).
Ahora bien, todas las TIC, digitales o no, solo devienen
instrumentos psicológicos en el sentido vygotskiano cuando su
potencialidad semiótica es utilizada para planificar y regular la
actividad y los procesos psicológicos propios y ajenos. En este sentido,
la potencialidad semiótica de las TIC digitales es sin duda enorme. Y,
en consecuencia, su potencialidad como instrumentos psicológicos
mediadores de los procesos intra e inter-mentales implicados en la
enseñanza y el aprendizaje también lo es. Ahora bien, lo que nos
interesa destacar aquí es que la potencialidad mediadora de las TIC solo
se actualiza, solo se hace efectiva, cuando estas tecnologías son
utilizadas por alumnos y profesores para planificar, regular y orientar
las actividades propias y ajenas, introduciendo modificaciones
importantes en los procesos intra e inter-psicológicos implicados en la
enseñanza y el aprendizaje.
En resumen, la capacidad mediadora de las TIC como
instrumentos psicológicos es una potencialidad que, como tal, se hace o
no efectiva, y se hace efectiva en mayor o menor medida en las prácticas
educativas que tienen lugar en las aulas en función de los usos que los
participantes hacen de ellas. Cómo podemos identificar y describir
estos usos, y de qué depende que los participantes en un proceso
educativo determinado hagan unos u otros usos de las tecnologías
disponibles son dos preguntas que están actualmente en el punto de mira
de un buen número de investigaciones y trabajos. Por nuestra parte,
pensamos que los esfuerzos dirigidos a buscar respuestas a estas
cuestiones deben contemplar tres niveles distintos, aunque
complementarios, de indagación y análisis (Coll, 2004; Onrubia, 2005;
Coll, Onrubia y Mauri, 2007).
Herramientas tecnológicas y prácticas educativas: del diseño al uso
En primer lugar, los usos que los participantes hagan
efectivamente de las TIC dependerán, en buena medida, de la naturaleza y
características del equipamiento y de los recursos tecnológicos puestos
a su disposición. En este primer nivel, el del diseño tecnológico, lo
que cuenta son las posibilidades y limitaciones que ofrecen esos
recursos para representar, procesar, transmitir y compartir información.
Las aplicaciones de software informático y telemático –herramientas de
navegación, de representación del conocimiento, de construcción de redes
semánticas, hipermedia, bases de datos, sistemas expertos, de
elaboración de modelos, de visualización, de comunicación síncrona y
asíncrona, de colaboración y elaboración conjunta, micromundos, etc.–
varían enormemente en cuanto a esas posibilidades y limitaciones. Y esta
variación, a su vez, establece restricciones distintas en cuanto a las
actividades y tareas que, mediante el uso de dichas aplicaciones, van a
poder desarrollar profesores y estudiantes; es decir, en cuanto a las
posibilidades y limitaciones que ofrecen a profesores y alumnos para
organizar las actividades de enseñanza y aprendizaje: la forma de
plantearlas y abordarlas, sus exigencias, su duración, las modalidades
de participación, las responsabilidades de los participantes, las
fuentes y formas de ayuda y andamiaje que van a poder recibir los
estudiantes durante su desarrollo, el seguimiento que va a poder
efectuar el profesor del progreso y de las dificultades de los
estudiantes, el seguimiento que van a poder realizar los estudiantes de
su propio proceso de aprendizaje, las características de los resultados o
productos esperados, los criterios y procedimientos de evaluación,
etcétera.
En segundo lugar, cuando nos aproximamos al estudio de un
proceso formativo concreto que incorpora las TIC, su diseño tecnológico
resulta prácticamente indisociable de su
diseño pedagógico o instruccional,
lo que nos conduce al segundo nivel de análisis propuesto. En efecto,
los entornos de enseñanza y aprendizaje que incorporan las TIC no solo
proporcionan una serie de herramientas tecnológicas, de recursos y de
aplicaciones de software informático y telemático, que sus usuarios
potenciales pueden utilizar para aprender y enseñar. Por lo general, las
herramientas tecnológicas van acompañadas de una propuesta, más o menos
explícita, global y precisa según los casos, sobre la forma de
utilizarlas para la puesta en marcha y el desarrollo de actividades de
enseñanza y aprendizaje. Lo que los usuarios suelen encontrar, de hecho,
son propuestas que integran tanto los aspectos tecnológicos como los
pedagógicos o instruccionales y que adoptan la forma de un
diseño tecno-pedagógico o
tecno-instruccional
con los siguientes elementos: una propuesta de contenidos, objetivos y
actividades de enseñanza y aprendizaje, así como orientaciones y
sugerencias sobre la manera de llevarlas a cabo; una oferta de
herramientas tecnológicas; y una serie de sugerencias y orientaciones
sobre cómo utilizar estas herramientas en el desarrollo de las
actividades de enseñanza y aprendizaje.
En tercer lugar, pese a su importancia indudable como
elemento condicionante de los usos de las TIC, el diseño
tecno-pedagógico es solo un referente para el desarrollo del proceso
formativo, y como tal está inevitablemente sujeto a las interpretaciones
que los participantes hacen de él. La manera como profesores y
estudiantes organizan y despliegan su actividad es en sí misma el
resultado de un proceso de negociación y de construcción conjunta, de
manera que tanto las formas de organización de esta actividad que se van
sucediendo a lo largo del proceso formativo, como los usos que en ellas
se hacen de las herramientas tecnológicas, no pueden entenderse como
una simple traslación o un mero despliegue del diseño tecno-pedagógico
previamente establecido. Cada grupo de participantes redefine y recrea
de hecho los procedimientos y normas "teóricas" de uso de las
herramientas tecnológicas incluidas en el diseño, a partir de una serie
de factores –conocimientos previos, expectativas, motivación, contexto
institucional y socio-institucional, etc. – entre los que ocupa un lugar
destacado la propia dinámica interna de la actividad conjunta que
despliegan sus miembros en torno a los contenidos y tareas de
aprendizaje. Y es precisamente en esta recreación y redefinición donde
la potencialidad de las herramientas tecnológicas como instrumentos
psicológicos termina haciéndose o no efectiva. El análisis de las formas
de organización de la actividad conjunta que adoptan los participantes
–es decir, de lo que hacen y dicen unos y otros, de la interrelación
entre sus actuaciones y de las reglas o normas implícitas o explícitas
que las presiden– y de los usos efectivos que hacen de las TIC en el
marco de esas formas de organización constituye de este modo el tercer
nivel de análisis propuesto en nuestra aproximación.
Hacia una tipología de los usos de la TIC en la educación formal
Una vez establecido y justificado el principio de que los
usos efectivos que profesores y alumnos hacen de las TIC dependen tanto
del diseño tecno-pedagógico de las actividades de enseñanza y
aprendizaje en las que se involucran, como de la recreación y
redefinición que llevan a cabo de los procedimientos y normas de uso de
las herramientas incluidas en dicho diseño, conviene ahora que volvamos a
la cuestión de cómo podemos identificar y describir estos usos. Las
propuestas de clasificación de los usos educativos de las TIC son
relativamente abundantes, aunque poco satisfactorias en general a juicio
de la mayoría de los autores que han estudiado el tema (ver, por
ejemplo, Sigalés, 2008; Tondeur, van Braak y Valcke, 2007; Twining,
2002).
En un trabajo ya clásico y frecuentemente citado sobre el uso
del software educativo, Squires y McDougall (1994) aluden a la
existencia de tres grandes sistemas de clasificación utilizados
habitualmente para identificar y describir este tipo de materiales: los
que utilizan como criterio de clasificación el tipo de aplicaciones que
permiten los paquetes de software (procesadores de textos, bases de
datos, hojas de cálculo, simulaciones, programas tutoriales, programas
para la elaboración de gráficos, para la representación visual de los
contenidos, de ejercicios, etc.); los que utilizan como criterio las
funciones educativas que supuestamente permite cumplir el software
(motivar a los estudiantes, proporcionarles información, estimular su
actividad, facilitarles la realización de ejercicios y práctica,
secuenciar los contenidos o las actividades, proporcionar
retroalimentación, etc.); y los que utilizan como criterio la
compatibilidad o adecuación global de los usos del software con grandes
enfoques o planteamientos educativos o pedagógicos (enfoques
instructivos, emancipadores, objetivistas, transmisivos,
constructivistas, etc.). De los argumentos expuestos a lo largo del
capítulo se sigue que las tipologías de usos basadas exclusivamente en
las características concretas de las herramientas tecnológicas y en sus
potencialidades genéricas para la educación y el aprendizaje –como es el
caso de las dos primeras descritas por Squires y McDougall– son
claramente insuficientes; y lo mismo cabe decir de las tipologías
basadas en los grandes planteamientos pedagógicos o didácticos –lo que
es el caso de la tercera– aunque algunas hayan tenido un impacto
considerable y sean aún hoy referencias ineludibles en este campo (por
ejemplo,
Cognition and Technology Group at Vanderbilt, 1996; Jonassen, Carr y Yueh, 1998; Salomon, Perkins y Globerson, 1991).
De los argumentos expuestos hasta aquí se sigue más bien la
necesidad de una tipología de usos de las TIC que tenga en cuenta al
mismo tiempo las características de las herramientas tecnológicas y las
principales dimensiones de las prácticas educativas. El interés de este
planteamiento, sin embargo, corre parejo con su complejidad, entre otras
razones porque la elaboración de una tipología con estas
características obliga a disponer previamente de un modelo de las
prácticas educativas escolares que indique con claridad sus dimensiones
esenciales. La tipología que presentamos seguidamente es el resultado,
todavía provisional, de una serie de intentos sucesivos que hemos
realizado en esta dirección (Coll, 2004; Coll, Mauri y Onrubia, 2008).
Se trata de una tipología que, por una parte, está fuertemente anclada
en una visión socio-constructivista de la enseñanza y el aprendizaje,
que se utiliza como referencia para identificar las dimensiones
principales de las prácticas educativas; pero, por otra parte, las
categorías de análisis así establecidas no excluyen a priori ninguno de
los usos educativos que pueden hacer los profesores y los estudiantes de
las TIC, ni prejuzgan la adecuación o la bondad educativa de estos
usos, aunque sí proporcionan elementos para valorar su alcance y su
impacto sobre la enseñanza y el aprendizaje.
Dos son las ideas fundamentales que están en la base de la
propuesta. La primera es que, por sus características intrínsecas, las
TIC pueden funcionar como herramientas psicológicas susceptibles de
mediar los procesos inter e intra-psicológicos implicados en la
enseñanza y el aprendizaje. La segunda, que las TIC cumplen esta función
–cuando la cumplen– mediando las relaciones entre los tres elementos
del triángulo interactivo –alumnos, profesor, contenidos– y
contribuyendo a conformar el contexto de actividad en el que se tienen
lugar estas relaciones. La tipología resultante, que se encuentra
todavía en una fase de contraste y revisión, contempla cinco grandes
categorías de usos que enumeramos seguidamente junto con algunos
ejemplos representativos de cada una de ellas.
(i) Las TIC como instrumentos mediadores de las
relaciones entre los alumnos y los contenidos (y tareas) de aprendizaje. Algunos ejemplos típicos y relativamente habituales de esta categoría son la utilización de las TIC por los alumnos para:
- buscar y seleccionar contenidos de aprendizaje;
- acceder a repositorios de contenidos con formas más o menos complejas de organización;
- acceder a repositorios de contenidos que utilizan
diferentes formas y sistemas de representación (materiales multimedia e
hipermedia, simulaciones, etc.);
- explorar, profundizar, analizar y valorar contenidos
de aprendizaje (utilizando bases de datos, herramientas de
visualización, modelos dinámicos, simulaciones, etc.);
- acceder a repositorios de tareas y actividades con mayor o menor grado de interactividad;
- realizar tareas y actividades de aprendizaje o
determinados aspectos o partes de las mismas (preparar presentaciones,
redactar informes, organizar datos, etc.).
(ii) Las TIC como instrumentos
mediadores de las relaciones entre los profesores y los contenidos (y tareas) de enseñanza y aprendizaje.
Algunos ejemplos típicos y relativamente habituales de esta categoría
son la utilización de las TIC por parte de los profesores para:
- buscar, seleccionar y organizar información relacionada con los contenidos de la enseñanza;
- acceder a repositorios de objetos de aprendizaje;
- acceder a bases de datos y bancos de propuestas de actividades de enseñanza y aprendizaje;
- elaborar y mantener registros de las actividades de
enseñanza y aprendizaje realizadas, de su desarrollo, de la
participación que han tenido en ellas los estudiantes y de sus productos
o resultados;
- planificar y preparar actividades de enseñanza y
aprendizaje para su desarrollo posterior en las aulas (elaborar
calendarios, programar la agenda, hacer programaciones, preparar clases,
preparar presentaciones, etc.).
(iii) Las TIC como instrumentos mediadores de las
relaciones entre los profesores y los alumnos o entre los alumnos. Algunos ejemplos típicos y relativamente habituales de esta categoría son la utilización de las TIC para:
- llevar a cabo intercambios comunicativos entre
profesores y alumnos no directamente relacionados con los contenidos o
las tareas y actividades de enseñanza y aprendizaje (presentación
personal, solicitud de información personal o general, saludos,
despedidas, expresión de sentimientos y emociones, etc.;
- llevar a cabo intercambios comunicativos ente los
estudiantes no directamente relacionados con los contenidos o las tareas
y actividades de enseñanza y aprendizaje (presentación personal,
solicitud de información personal o general, saludos, despedidas,
expresión de sentimientos y emociones, informaciones o valoraciones
relativas a temas o asuntos extraescolares, etcétera.
(iv) Las TIC como instrumentos mediadores de la
actividad conjunta desplegada por profesores y alumnos
durante la realización de las tareas o actividades de enseñanza
aprendizaje. Algunos ejemplos típicos y relativamente habituales de esta
categoría son la utilización de las TIC:
- como auxiliares o amplificadores de determinadas
actuaciones del profesor (explicar, ilustrar, relacionar, sintetizar,
proporcionar retroalimentación, comunicar valoraciones críticas, etc.,
mediante el uso de presentaciones, simulaciones, visualizaciones,
modelizaciones, etc.);
- como auxiliares o amplificadores de determinadas
actuaciones de los alumnos (hacer aportaciones, intercambiar
informaciones y propuestas, mostrar los avances y los resultados de las
tareas de aprendizaje);
- para llevar a cabo un seguimiento de los avances y dificultades de los alumnos por parte del profesor;
- para llevar a cabo un seguimiento del propio proceso de aprendizaje por parte de los alumnos;
- para solicitar u ofrecer retroalimentación,
orientación y ayuda relacionada con el desarrollo de la actividad y sus
productos o resultados.
(v) Las TIC como instrumentos configuradores de
entornos o espacios de trabajo y de aprendizaje. Algunos ejemplos típicos y relativamente habituales de esta categoría son la utilización de las TIC para:
- configurar entornos o espacios de aprendizaje
individual en línea (por ejemplo, materiales autosuficientes destinados
al aprendizaje autónomo e independiente);
- configurar entornos o espacios de trabajo colaborativo en línea (por ejemplo, las herramientas y los entornos CSCL –Computer-Supported Collaborative Learning–);
- configurar entornos o espacios de actividad en línea
que se desarrollan en paralelo y a los que los participantes pueden
incorporarse, o de los que pueden salirse, de acuerdo con su propio
criterio.
Tres comentarios aún que pueden ayudar a valorar mejor el
alcance y las limitaciones de esta tipología. En primer lugar, y al
igual que sucede con todos los sistemas de clasificación de fenómenos
complejos y muldimensionales –y las prácticas educativas y los usos de
las TIC pertenecen sin duda a este tipo de fenómenos–, las fronteras
entre algunas categorías son más borrosas de lo que puede parecer a
simple vista, y en ocasiones resulta difícil establecer con claridad a
qué categoría pertenece un uso concreto de una herramienta TIC; cuando
ello sucede, es aconsejable contemplar ese uso en el marco más amplio de
la actividad de enseñanza y aprendizaje en el que aparece y de su
desarrollo temporal. Recordemos que, en la tipología presentada, lo que
define el tipo de uso que se hace de las TIC es su ubicación en el
entramado de relaciones que se establecen entre los tres elementos del
triángulo interactivo –profesor, estudiantes y contenido– mientras se
llevan a cabo las actividades de enseñanza y aprendizaje en el aula.
Ahora bien, a menudo estas relaciones no son estables, sino que
evolucionan y se modifican en uno u otro sentido a medida que el
profesor y los estudiantes desarrollan las actividades y tareas de
aprendizaje, por lo que es lógico suponer que los usos de las TIC, en
tanto que instrumentos que median esas relaciones, pueden experimentar
también una evolución. La dimensión temporal es básica en el análisis de
los usos de las TIC; exactamente igual, por lo demás, que lo es en el
análisis de las prácticas educativas.
En segundo lugar, las cinco categorías descritas no reflejan
un orden desde el punto de vista de su valor educativo o de su capacidad
para promover procesos de transformación, innovación y mejora de la
educación. Dicho de otra manera, ninguna de las cinco categorías de usos
puede ser considerada a priori y en términos absolutos más innovadora,
más transformadora o "mejor" que las otras. En todas ellas, incluidas
las tres primeras, podemos encontrar usos concretos innovadores y
transformadores (por ejemplo, cuando los alumnos utilizan las TIC como
herramientas de la mente, en el sentido de Jonassen, en su aproximación a
los contenidos de aprendizaje); y en todas ellas también, incluidas las
dos últimas, podemos encontrar usos que no suponen ningún valor añadido
para la enseñanza y el aprendizaje (por ejemplo, cuando se utiliza un
entorno virtual de aprendizaje como repositorio de contenidos o para
difundir lecciones y conferencias). Podríamos decir que en las cinco
categorías es posible encontrar usos de las TIC que no comportan novedad
alguna en las prácticas educativas en las que aparecen, o que la
novedad que introducen no es imputable a las herramientas TIC y podría
darse igualmente en ausencia de ellas; e inversamente, en las cinco
categorías es posible encontrar usos que introducen cambios y
transformaciones en las prácticas educativas que es imposible imaginar
en ausencia de las TIC.
No obstante, una vez establecido lo anterior como principio
general, conviene también subrayar que la potencialidad de las TIC para
influir en los procesos inter e intra-psicológicos implicados en los
procesos de enseñanza y aprendizaje será tanto más elevada cuanto mayor
su incidencia en la manera como profesores y alumnos organizan
la actividad conjunta en torno a los contenidos y tareas de aprendizaje. Es pues sobre todo en los usos que median las relaciones
entre los tres elementos del triángulo interactivo,
ya sea condicionando y determinando las formas de organización de la
actividad conjunta (categoría cuatro), ya sea conformando un entorno o
espacio de enseñanza y aprendizaje (categoría cinco), donde cabe
esperar, a nuestro juicio, que se manifieste con especial intensidad el
potencial de las TIC para transformar e innovar las prácticas
educativas. Esta afirmación, sin embargo, no pasa de ser en la
actualidad una hipótesis que será necesario contrastar empíricamente en
el futuro.
Ahora bien –y es el tercer comentario– los estudios de
seguimiento y evaluación de la incorporación de las TIC a la educación
formal y escolar revisados en este mismo capítulo indican precisamente
que la mayoría de los usos identificados y descritos corresponden a las
dos primeras categorías de nuestra clasificación (usos de las TIC como
instrumentos mediadores de las relaciones entre los alumnos –y entre los
profesores–y los contenidos y tareas de aprendizaje). Los usos que
podrían corresponder a las otras tres categorías son muy poco frecuentes
y en algunos estudios ni siquiera han podido ser documentados. A ello
hay que añadir, además, la coincidencia de la mayoría de los estudios en
destacar el escaso efecto transformador de las prácticas educativas que
la incorporación de las TIC ha tenido hasta el momento. Estos hechos
refuerzan, a nuestro entender, la hipótesis que vincula la potencialidad
transformadora de las TIC con su uso como instrumentos mediadores de
las relaciones entre los tres elementos del triángulo interactivo, y más
concretamente como instrumentos mediadores de la actividad conjunta que
despliegan profesores y alumnos en torno a los contenidos y tareas de
aprendizaje.
Pero ha llegado ya el momento de cerrar el capítulo con unos
breves comentarios sobre los objetivos de la incorporación de las TIC a
la educación escolar y su presencia en el currículo.
La incorporación de las TIC a la educación: retos y desafíos
La valoración del estado actual de la incorporación de las
TIC a la educación formal y escolar y de su impacto sobre la enseñanza y
el aprendizaje, así como las previsiones de futuro a este respecto,
varía en función de la potencialidad educativa que se atribuye a estas
tecnologías y también de los objetivos que se persiguen con su
incorporación. Comenzando por el primero de estos aspectos, si las TIC
se contemplan como herramientas de comunicación y de búsqueda, acceso,
procesamiento y difusión de la información cuyo conocimiento y dominio
es absolutamente necesario en la sociedad actual; es decir, si se
contemplan
como contenidos curriculares, como objeto de
enseñanza y aprendizaje, la valoración es relativamente positiva y las
perspectivas de futuro optimistas. Todos los indicadores apuntan en la
dirección de una incorporación creciente de las TIC al currículo escolar
y no hay razón para pensar que la enseñanza y el aprendizaje del manejo
y dominio de estas tecnologías vaya a presentar mayores dificultades
que la enseñanza y el aprendizaje de otros contenidos curriculares. La
única duda de fondo, aunque ciertamente no es menor, reside en las
previsibles consecuencias negativas que puede tener la incorporación de
nuevos contenidos curriculares a unos currículos ya considerablemente
sobrecargados.
Una segunda posibilidad es tratar de incorporar las TIC a la educación escolar con el fin de
hacer más eficientes y productivos los procesos de enseñanza y aprendizaje,
aprovechando los recursos y posibilidades que ofrecen estas
tecnologías. En este caso, los datos de los estudios evaluativos y de
seguimiento son menos positivos. Recordemos la coincidencia en señalar
que las TIC en general, y las tecnologías multimedia e internet en
particular, se utilizan todavía poco, muy poco, en la mayoría de las
aulas, y que, cuando se utilizan, a menudo es, tanto por parte del
profesorado como del alumnado, para hacer lo que de todos modos ya se
hacía: buscar información para preparar las clases, escribir trabajos,
hacer presentaciones en clase, etc. De todos modos, cabe ser
relativamente optimistas en el sentido de esperar que, a medida que se
subsanen las carencias de equipamiento y de infraestructuras –que, como
hemos señalado, siguen siendo muy importantes en muchos países– y se
incrementen los recursos de formación y apoyo, tanto el profesorado como
el alumnado irán incorporando progresivamente las TIC a las actividades
de enseñanza y aprendizaje en el aula. No obstante, los estudios
realizados muestran también que en general el profesorado tiende a
adaptar el uso de las TIC a sus prácticas docentes, más que a la
inversa. Dicho en otras palabras y simplificando al máximo: la
incorporación de las TIC a las actividades del aula no es necesariamente
ni en sí misma un factor transformador e innovador de las prácticas
educativas. Las TIC se muestran más bien, por lo general, como un
elemento reforzador de las prácticas educativas existentes, lo que
equivale a decir que solo refuerzan y promueven la innovación cuando se
insertan en una dinámica de innovación y cambio educativo más amplio.
Una tercera posibilidad, que se corresponde en buena medida
con los argumentos presentados con cierto detalle en el apartado
anterior, consiste en considerar las TIC como instrumentos mediadores de
los procesos intra e inter-psicológicos implicados en la enseñanza y en
el aprendizaje. En este caso, lo que se persigue mediante su
incorporación a la educación escolar es aprovechar la potencialidad de
estas tecnologías
para impulsar nuevas formas de aprender y enseñar.
No se trata ya de utilizar las TIC para hacer lo mismo pero mejor, con
mayor rapidez y comodidad o incluso con mayor eficacia, sino para hacer
cosas diferentes, para poner en marcha procesos de aprendizaje y de
enseñanza que no serían posibles en ausencia de las TIC. Vistos desde
esta perspectiva, los estudios de evaluación y de seguimiento de
incorporación de las TIC a la educación escolar arrojan unos resultados
muy pobres a nivel general –aunque hay, por supuesto, excepciones
encomiables– y las previsiones son inciertas. Pero no tanto por las
dificultades intrínsecas que plantea la incorporación de las TIC, como
por la rigidez y las restricciones organizativas y curriculares de un
sistema educativo que es incompatible, en muchos aspectos, con el
aprovechamiento de las nuevas posibilidades de enseñanza y aprendizaje
que ofrecen las TIC.
Estas tres visiones de la potencialidad educativa de las TIC
se corresponden grosso modo con otras tantas maneras de entender la
incorporación de las TIC a la educación escolar, y marcan un gradiente
para la alfabetización digital. Esta se contempla habitualmente como el
aprendizaje del uso funcional de las TIC, lo que lleva lógicamente a
abordarla mediante la incorporación de los contenidos de aprendizaje al
currículo escolar. Se trata de un objetivo y de un planteamiento de la
alfabetización digital en absoluto despreciable, a mi juicio, que
estamos todavía lejos de haber alcanzado de forma satisfactoria. El
concepto de alfabetización, sin embargo, comporta algo más que el
conocimiento y manejo de unos recursos simbólicos y unas tecnologías,
sean cuales sean la naturaleza y características de esos recursos y esas
tecnologías. Comporta, además, conocer las prácticas socioculturales
asociadas al manejo de los recursos simbólicos y las tecnologías en
cuestión y ser capaz de participar en dichas prácticas utilizando unos y
otras de manera adecuada.
Profundizando en este argumento, podríamos decir que la
alfabetización digital comporta no solo el aprendizaje del uso funcional
de estas tecnologías, sino también el conocimiento de las prácticas
socioculturales asociadas al manejo de estas tecnologías en la sociedad
de la información y la capacidad para participar en esas prácticas
utilizando dichas tecnologías de manera adecuada. Planteada así la
cuestión, los objetivos de una auténtica alfabetización digital no
pueden conseguirse mediante la simple introducción de unos contenidos
curriculares y la enseñanza y el aprendizaje del manejo de unas
herramientas tecnológicas. Es el conjunto del currículo el que debe ser
revisado con el fin de adecuarlo a las necesidades formativas y las
prácticas socioculturales propias de la sociedad de la información. No
tiene mucho sentido impulsar la incorporación de las TIC a la educación
escolar con el argumento de su protagonismo y centralidad en la SI y, al
mismo tiempo, seguir manteniendo un currículo y una organización del
sistema educativo que responden más bien, en conjunto, a unas
necesidades y unos modos de aprendizaje y de acceso al conocimiento que
en buena medida no son los propios de la SI. Mientras no se proceda a
esta revisión en profundidad del currículo escolar, podremos tal vez
seguir avanzando en la incorporación de las TIC a la educación en el
sentido de mejorar el conocimiento y dominio que los alumnos tienen de
estas tecnologías, e incluso en la utilización eficaz de estas
tecnologías por parte del profesorado y del alumnado para desarrollar su
actividad como docentes y aprendices respectivamente; mucho más
difícil, sin embargo, será poder avanzar en el aprovechamiento efectivo
de las nuevas posibilidades de enseñanza y aprendizaje que nos ofrecen
potencialmente las TIC en el marco de la sociedad de la información.
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